La desesperante levedad del renunciar

Hace unos cuantos meses una de mis mejores amigas renunció a su empleo. Luego de trabajar por mucho tiempo en una oficina con un ambiente súper tenso, aguantando maltratos por parte de su jefe, horarios loquísimos, casi sin tiempo libre, se hartó y decidió poner su carta de renuncia. A esto le siguió un tiempo de descanso y libertad que después se volvió difícil. No porque le hiciera falta dinero, no porque no tuviera nada que hacer, sino por lo difícil que resulta contestar a la pregunta típica de cuando te encuentras a alguien en la calle: “¿Y dónde estás trabajando?”.

Y la entiendo perfectamente. Porque cuando le dices a alguien que no estás trabajando para alguien, de una vez eres catalogado como flojo, parásito, mantenida/o y demás epítetos que te recuerdan que no eres parte de la sociedad. Da casi vergüenza admitir que ya no quieres trabajar en una oficina, que te hartaste del quince y último y que vas a dedicarte a hacer cualquier otra cosa que te llene, te deje tiempo para ser feliz y que, encima de todo, te de para mantenerte. Es como ser una hereje, porque ¿cómo te atreves a seguir tus sueños y vivir mejor que yo?

 

renunciar
Working late

 

La brecha generacional

El asunto es que nuestra generación es distinta. La generación anterior trabajaba para obtener bienes materiales, estabilidad económica para poder mantener una familia (porque se supone que tenemos que tener descendencia). Esto sólo lo logras trabajando duro, en una oficina o similar, durante muchos años; aguantándolo todo para ascender en la escalera corporativa con un consecuente aumento de sueldo. Trabajar es una cosa formal, necesitas horarios y una indumentaria adecuada (no en vano, la mayoría de los anuncios de empleo solicitan personas de “buena presencia”), pero si no respondes a ninguno de estos parámetros, entonces no sabes qué hacer con tu vida, no quieres “trabajar duro”.

La generación actual ya no da prioridad a estos asuntos. En cierta medida, la formalidad y la estabilidad están sobrevaloradas; ya no necesitamos comprarnos una casa (además, que aquí en Venezuela eso es casi imposible con un empleo normal) sino que le se le otorga más importancia al desarrollo personal. Suena un poco loco esto, sobre todo en medio de la crisis económica que vivimos en Venezuela, pero poco a poco nos vamos adaptando a esto; nada más recuerda la cantidad de personas que conoces que desean estudiar para convertirse comunicadores sociales, cineastas, fotógrafos, antropólogos, escritores, diseñadores, artistas y otras profesiones consideradas “para morirse de hambre” por nuestros padres, que siempre querían que estudiásemos derecho, medicina, ingenierías y demás carreras que garantizarían un buen puesto de trabajo y un buen sueldo. Esta generación es la de los que seguimos nuestra vocación y sueños.

En nuestra sociedad quedan vestigios de esta dinámica, sobre todo en estratos socio-económicos deprimidos, donde ven un título universitario como una suerte de patente de corso, que te otorgará la licencia para acceder a esos campos laborales para llenarte los bolsillos de dinero y ser parte de la élite. Son esos los que estudian carreras cortas, que los pongan “donde hay”, pero son muchos los que desean incorporarse al mundo laboral desde sus propios parámetros; y estudian comunicación social porque quieren salir en la televisión y hacerse famosos, o dirigir la próxima película que se haga acreedora de un gran premio. Sueños, al fin y al cabo.

Renunciar es el primer paso

Si estudias una de esas carreras “para morirte de hambre y te tocó una vida donde el privilegio de dedicarte a estudiar nada más no era una opción e ingresaste al mundo laboral temprano, o si te tocó salir a ganarte la vida apenas te graduaste, seguramente habrás tenido un empleo de esos que nos gusta llamar temporales pero en el que sigues mes tras mes, año tras año, acumulando miseria y decepción; ya sea porque no ejerces tu profesión, o tu sueldo da risa, trabajas horas interminables y estás sumergida en la rutina incesante, no te quedan energías ni tiempo libre para vivir ni hacer las cosas que te gustan o tienes un jefe insufrible; seguramente habrás pensado en renunciar. Una y mil veces, pero nunca te has atrevido a hacerlo porque si lo haces ¿de qué vas a vivir?. Hacer la fulana carta de renuncia da pavor. La duda eterna del mañana, la crisis económica, todo se confabula y terminas postergando la renuncia, y con ella, tu vida.

No estoy intentando convencer a todo el mundo de que ponga la carta de renuncia porque no les gusta su trabajo. Cada situación es única y personal, pero si creo que es importante organizar tus prioridades y poner tu realización personal en primer lugar. Me parece inverosímil que haya gente que sigue pensando en jubilarse para hacer eso que tanto desean, mientras invierten su vida en un empleo que los deprime y los hace sentir miserables.

Es posible dar el salto. Hay quienes se lanzan al vacío, otros construyen una escalera. Unos ponen la carta de renuncia porque se hartaron de los gritos del jefe, en un arranque de rabia; otros van tanteando terreno, enviando currículos, preguntando a los conocidos, preparando el portafolio. Sin importar cual sea la estrategia, hazlo. La vida es demasiado corta para desperdiciarla en un empleito de mierda, sólo por miedo,limitando tus posibilidades. Tal vez no logres ser un afamado director de cine, ni el próximo García Márquez, pero al menos estarás un paso más cerca de la satisfacción personal. No te cierres a tu próximo empleo, que puede ser mejor, no temas a ser el desempleado del mes. Es mejor decir que estás haciendo tortas para mantenerte mientras escribes tu novela, que admitir que te pones un par de tacones todos los días para ir a secarte en un escritorio, mientras languideces y tu vida se va por el drenaje.