El pecado de estar loco

He pasado por muchas situaciones consideradas difíciles y hasta vergonzosas a lo largo de mi vida. Desde caerme en público hasta salir del armario frente a mis padres, pero ninguna ha sido tan difícil como admitir a familia, amigos y hasta conocidos que he padecido de anorexia, depresión y trastorno de ansiedad generalizada. Y si alguna vez has estado en el diván sabrás entenderme. Desde miradas culpables, incomodidad y hasta comentarios hirientes hacen que pienses dos veces antes de abrir la boca, como si estuvieses confesando un asesinato. Padecer de algún “desorden” mental es un pecado ante los ojos de la sociedad, al mencionarlo puedes perder a quienes considerabas amigos, subirán las primas de tu seguro y ni hablar de las oportunidades de empleo que podrías perder.

El estigma de los padecimientos mentales

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Padecer cualquier desorden mental supone un doble reto. No sólo debes lidiar con los síntomas, que ya son bastante molestos y que pueden interferir con la cotidianidad, sino que te conviertes en una suerte de miembro de una organización hermética; pues sabes lo que puede venir si alguien más se entera que has estado visitando a un profesional de la salud mental.

Este silencio auto-impuesto hace casi tanto daño como el mismo desorden, pues es anular una parte de ti mismo. Te limita, no eres capaz de explicarle a tu jefe que no puedes salir de tu casa hoy porque sufriste un ataque de pánico y sientes que vas a morir en cualquier momento. Terminas lleno de una mezcla de vergüenza y culpabilidad, porque dentro de ti hay una vocecita que te repite que eso que tienes no es normal, que te falta voluntad, que no puedes controlarte… y caes en la espiral de pensamientos negativos que hacen aún más difícil tu recuperación.

Existe un criterio generalizado de normalidad en nuestra sociedad, que más que nada oculta y rechaza cualquier emoción considerada negativa. Sentir tristeza, envidia, miedo, desesperanza o rabia está mal; y si llegas a un punto en el que estas emociones se desbordan, entonces perdiste el control de tu vida y te sales de la normalidad. Cuando dices que necesitas acudir a un psiquiatra, entonces estás del lado de los locos, ya no puedes pertenecer a lo normal, eres un bicho raro que hay que temer y hasta compadecer. Hay un prejuicio alrededor de todo esto, te ponen la etiqueta de paciente mental y es imposible borrarla.

Los prejuicios no son lo único que debes enfrentar, sino que además hay estereotipos presentes en el imaginario cultural, por ejemplo, las personas bipolares son impredecibles y poco confiables; el depresivo no tiene voluntad de vivir ni de superar sus problemas inexistentes e imaginarios; mientras que el ansioso vive muerto de terror porque no es valiente, le falta “amacharse” y si sufres de anorexia, eres una mujercita (porque se supone que sólo las mujeres la padecen) ridícula que quiere parecerse a las modelos.

Gracias a estos estereotipos, la gente puede temerte, y si no te rechazan directamente, entonces debes permitir que te traten con condescendencia, pues desde su perspectiva no eres capaz de tomar decisiones o de llevar las riendas de tu vida. Te hablan como a un infante o como si hubieses perdido tus capacidades cognitivas. Terminas aislado, en silencio, lleno de vergüenza.

Algo que aprendí es que las personas que se comportan de este modo no son malas ni insensibles, sólo no tienen otra forma de reaccionar. Y es que una de las principales causas de estos estereotipos, prejuicios y rechazos es la desinformación. Como nadie habla de su experiencia personal, entonces sólo quedan los cuentos de camino, los chismes, que sólo perpetúan la mancha que pesa sobre esta situación. Y si a eso le aunamos la moda reciente de agregar un aura de glamour a ciertos padecimientos (¿cuántas personas tienen en su bio de Twitter la palabra bipolar sin tener un diagnóstico serio?), tenemos la receta perfecta para el desastre.

Contar tu historia es importante

Hace dos años ocurrió algo maravilloso en internet. Una bloguera muy famosa decidió relatar su experiencia al enfrentarse a la depresión. Su nombre es Allie y su blog es Hyperbole and a Half. Si no lo has leído, puedes hacerlo aquí, es una de las descripciones más íntimas, claras y fáciles de entender sobre la depresión. Lo maravilloso fue lo que ocurrió después: cientos, miles de personas encontraron allí una voz que había estado oculta, fueron capaces de decir que también se han sentido así y que al fin alguien había logrado expresarlo.

Mi experiencia fue similar, sólo que a una escala más pequeña y personal. Permanecí en silencio muchos años, sobre todo después de ver la reacción de mi familia; incapaces de entender que eso que estaba viviendo y que me llevó a atentar contra mi vida era una condición, como tener diabetes o migraña, no una forma de escapar a mis responsabilidades ni una adicción al drama y al dolor. Lo que yo sentía no era imaginario ni se curaba al dejar de prestarle atención. Hablé con algunos amigos de confianza, que no entendían mucho, pero que me aceptaron. Hasta que un día pasó algo que lo cambió todo.

Hablaba con unos conocidos sobre el hecho de haber empezado tarde la universidad y cuando me preguntaron la razón lo confesé: “porque sufrí de una depresión grave, entre otras cosas, y estuve en tratamiento varios años”. La reacción fue sorprendente, una de las personas abrió los ojos como platos y dijo que iba con regularidad a un psiquiatra porque era bipolar. Hablar de lo vivido nos liberó, nos hizo aceptar esa parte que habíamos escondido.

Poco a poco dejé de sentir vergüenza y me di cuenta que casi todas las personas han pasado por un momento difícil y hayan consultado o no a un terapeuta, eran capaces de identificarse. Y si no, aprendían algo nuevo. Hablar, contar tus vivencias de forma sincera y oportuna educa al otro, rompe el estereotipo, te acerca a los demás, altera el criterio de normalidad y transforma la manera en que nos percibimos: imperfectos, pero llenos de posibilidades. Creo firmemente que poco a poco podemos cambiar el mundo. Y lo estamos haciendo, tanto que podemos discutir este tema en este medio y en muchos lugares ir al terapeuta es natural y necesario. Poco a poco, entre todos los locos, podemos lograr el cambio.

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