¿Por qué una persona de bajos recursos quiere tener un iPhone?

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Uno de los aspectos que más he disfrutado de estudiar historia y coquetear con otras disciplinas ha sido el poder jugar a entender a la sociedad, sobre todo a la venezolana. Escudriñar en el pasado y descubrir el paralelismo existente entre unas mujeres del siglo XVIII y el señor que vende helados en la plaza, que saca un reluciente teléfono último modelo, es sencillamente fascinante.

La historia venezolana documenta con claridad el caso de las hermanas Bejarano, no sólo por la fama de los postres que preparaban para los habitantes de la Caracas que ha trascendido hasta nuestros días (vean la receta de la torta Bejarana aquí) sino por el escándalo que se generó en el siglo XVIII cuando estas mujeres pagaron una importante cantidad de dinero para poder usar unas mantillas y alfombras en la iglesia y la élite de la ciudad puso el grito en el cielo. El escándalo fue tan grande que el Rey de España tuvo que hacer un decreto explicando que aunque pudiesen usar las mantillas y alfombras, esto no las convertía en personas de la élite.

Y ustedes se preguntarán ¿qué tienen que ver estas señoras con el heladero de la plaza que mencioné al principio? Pues la misma relación que hay entre los ranchos de zinc y las antenas de Direct TV: los símbolos de representación social.

¿Qué son los símbolos de representación social?

Los seres humanos nos comunicamos de diversas formas, no sólo a través de lo que hablamos, sino que el lenguaje comprende una serie de símbolos que, interpretados en conjunto, facilitan y completan la expresión. Con todo esto en cuenta, Serge Moscovici elaboraría una teoría en la que define a la representación social como una forma de conocimiento particular, que sirve para elaborar el comportamiento y comunicación entre las personas. Es decir, las representaciones sociales funcionan como una forma de integración para que los individuos se identifiquen dentro del grupo social al que pertenecen.

símbolos de representación social

Al llevar esto a los objetos, tenemos que ciertas cosas no sólo cumplen su función obvia (por ejemplo, un teléfono celular para hacer llamadas) sino que se convierten en símbolos que representan una posición social determinada y las personas lo utilizan para comunicar esto a quienes le rodean. Desde esta perspectiva, una prenda de ropa de cierta marca, un teléfono costoso o un carro deportivo dejan de tener un significado funcional sino se que se convierten en una forma de pregonar tu estatus socio-económico.

Las mantillas y alfombras eran símbolos de representación social durante la época colonial venezolana, cuyo uso era exclusivo para las mujeres blancas y por ende, parte de la élite de la época. Por eso el hecho de que las hermanas Bejarano a pesar de ser pardas que no contaban con una buena posición social, al comprar los derechos para usarlos estaban usurpando un lugar que no les correspondía. Para nosotros pueden parecer simples mantas y alfombras, pero para ellas significaba una vida distinta, en las que ellas podrían escalar socialmente.

Asimismo, un iPhone último modelo, unos zapatos de determinada marca, joyas o carteras se convierten en una forma de subir en el ranking de la sociedad, que brindan la oportunidad de ser considerados por el otro como alguien de mejor posición social, con dinero y ciertos privilegios. Es una forma rápida y sencilla de integrarse a un grupo social al que se anhela pertenecer.

Entonces, una persona de bajos recursos que prefiere invertir en algo ostentoso e innecesario, si se compara con otras necesidades que podría cubrir (la antena de televisión satelital en el rancho precario) está respondiendo a una conducta bien cimentada en el imaginario cultural: al adquirir determinado símbolo de representación social, me acerco a modo de vida que realmente deseo. El problema viene cuando estos símbolos mutan, obligándole a caer en un espiral de consumo desenfrenado y sin sentido; cosa que es aprovechada por las empresas, quienes no publicitan un producto o servicio, sino un estatus y un estilo de vida. Cabe preguntarse, ¿de verdad hemos aprendido algo en estos siglos de historia o seguimos viviendo el mismo complejo que las Bejarano?