Me gradué la semana pasada. Mi plan era retirar el título por ventanilla y eliminar el estrés del acto, incluido los gastos superfluos de togas y vestidos, pero me dejé convencer por mi compañera de tesis y decidí ir al acto. Estuvo divertido, dentro de todo, y estar bajo las nubes de Calder fue toda una experiencia. Sin embargo, en medio de la ronda de felicitaciones, descubrí que las palabras que más se repetían eran “logro”, “triunfo”, “éxito” y por supuesto, la consabida pregunta del “¿y ahora dónde vas a trabajar?”. Agradecí profusamente las palabras de felicitación, que se sinceras y honestas, pero me quedé pensando sobre las expectativas y realidades que se entretejen en torno a un título universitario.

La patente de corso

Una patente de corso era un documento entregado por las autoridades de una ciudad al propietario de un navío que le autorizaba a atacar y robar barcos de las naciones enemigas. Les explico esto porque siempre he creído que para la muchas personas un título universitario es una suerte de patente de corso; que hace al portador en parte de un club selecto que le permitirá acceder a riquezas desmedidas y le ayudará a diferenciarse de otros. Esto podría haber sido cierto hace unos cuantos años, pero ahora tener un título universitario no es garantía de nada.

Las generaciones anteriores nos dejaron una suerte de lista, con categorías bien definidas, que debíamos cumplir para tener acceso al éxito y la seguridad financiera. Nacer, estudiar unas cuantas décadas, aterrizar en un buen puesto de trabajo, casarte, tener hijos, comprar una casa, ahorrar y retirarte a disfrutar de tus nietos y tus ahorros. Pero los seres humanos no somos estáticos, todo está en constante cambio, y nuestra sociedad no se mueve al mismo ritmo que hace 50 años. Para nuestros padres tener un título era garantía de un empleo con un sueldo digno, pero eso en nuestra realidad no es más que un sueño.

Ejercer o no ejercer, he ahí el dilema

Resulta que tengo una carrera y media, hablo otro idioma, tengo una experiencia laboral más o menos amplia (yo lo llamo currículo esquizofrénico, he trabajado en cosas muy diversas) y hasta ofertas laborales dentro de mi área que he rechazado de plano. La razón de ello se explica con facilidad: mi pareja también habla dos idiomas, tiene una buena carrera, está terminando su postgrado, da clases en una universidad y trabaja como asesor en una empresa y yo gano en una semana escribiendo desde mi casa lo que el gana en dos o tres meses trabajando ocho horas diarias de lunes a viernes. No soy la única. Se de varios profesionales que se han dedicado a otras actividades precisamente porque ejercer su profesión no les permite mantenerse de forma digna.

Ejercer tu profesión puede ser una opción si deseas hacer carrera, pero para algunas personas como yo, que necesitamos mantenernos y no contamos con el apoyo económico de otras personas, es casi imposible. Es probable que hayas estudiado la profesión de tus sueños, pero a veces ejercerla no te da para comer o para llevar el estilo de vida que deseas, así de simple. La cosa es que aunque no ejerza mi carrera, aunque trabaje en algo completamente distinto a lo que estudié, no me siento derrotada ni disminuida. Planeo seguir estudiando, pero como lo he hecho siempre: por puro y mero gusto.

La universidad no es imprescindible

Las habilidades que utilizo en mi empleo como redactora las he aprendido leyendo y escribiendo por mi cuenta, no en la universidad. Es más, las veces que me ha tocado ejercer mi profesión he tenido que aprender a hacer el trabajo con la asesoría de mis superiores, no porque en la universidad me hayan preparado para ello. Si bien es cierto que allí adquirí ciertas herramientas que me han facilitado ciertas labores, las hubiese podido aprender estudiando sola. Desde esa perspectiva ¿para qué estudiar en la universidad?

Graduarse en la universidad sigue funcionando como un símbolo de representación social. Si no haces estudios superiores, eres en muchas situaciones, visto como alguien sin deseos de superarse, quizá tonto o superficial. Es más, cuando terminas la secundaria y no ingresas de inmediato a alguna universidad, suelen decir que estás perdiendo el tiempo, atrasándote. Como si la vida fuese una carrera contra reloj en pos del éxito, definido bajo ciertos estándares predeterminados. Un gran error, si me preguntan, porque son poquísimos los individuos que a sus 17 años tienen claro qué quieren hacer por el resto de sus vidas y esto sólo termina con deserción, cambios de carreras, decepciones y ansiedad.

Es como si, y esto lo digo desde mi privilegiada posición, no tuvieses otras opciones. Hasta los test vocacionales están orientados a limitar, puedes estudiar tal o cual cosa, pero no hay espacio para nada más. Creo que nos beneficiaríamos más si permitiéramos que los jóvenes que acaban la secundaria se incorporasen a algunas actividades para explorar sus posibilidades, sus gustos, sus potencialidades, otros oficios incluso.

No estoy negando el valor ni calidad de los conocimientos que se imparten en las aulas de la universidad, mucho menos estoy poniendo en duda el trabajo de los profesores que contribuyen a la formación académica de todos; el asunto es pretender adquirir las habilidades necesarias para ganarte la vida dentro de una universidad no siempre es una realidad (a menos que quieras trabajar como doctor, odontólogo, arquitecto o algo por estilo, en ese caso ¡sí que necesitas ir a la universidad!); en clases aprendes métodos, organización, disciplina, rudimentos del conocimiento, te ayuda a construir tus redes de sociabilidad, pero todo lo demás corre por tu cuenta.

El asunto no está en abandonar la universidad, sino ser sincero contigo mismo y descubrir cuáles son las razones que te empujan a querer dedicar al menos cinco años de tu vida a una carrera. Si lo haces por prestigio, por dinero o porque es “lo que corresponde” es muy probable que termines decepcionado y frustrado. Si lo que te motiva es el deseo de especializarte en un área del conocimiento, ejercer tu vocación, seguir el sueño de tu vida; entonces la universidad es necesaria y perfecta para ti. Recuerda que un título no es un pasaporte express a un mundo de riquezas, un título universitario no te define ni te transforma por arte de magia. Seguirás siendo tú mismo, pero con un papelito extra.

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