Uno de esos lugares comunes en las conversaciones suele ser el carácter conflictivo y traicionero de las mujeres en general, quienes en su inmensa mayoría no pueden ser amigas entre ellas. De hecho, tener más de tres féminas reunidas es una sentencia segura de problemas, chismes y rencillas; porque un grupo de mujeres es un nido de víboras. Lo peor de esto es que este tipo de afirmaciones han salido de los labios de otras mujeres.

Si usted es mujer y ha tenido que relacionarse en grupos sociales integrados completamente por otras mujeres, seguro estará recordando las veces en que discutieron, los problemas de ego, las envidias, comentarios negativos y más. Y si es como casi todas las chicas que conozco, dirán que prefieren la amistad masculina antes de tener que soportar las locuras y conflictos de las personas de su género. Y debo decir que es cierto: en las amistades femeninas, sobre todo en grupos más o menos grandes,  es común encontrarse con conflictos y rencillas; aunque esto no quiere decir que esto sea inherente o característico del género.

El nido de víboras no es natural

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No es de extrañar que las mujeres suelan expresarse de forma negativa o denigrante de las personas de su mismo género, e incluso que lo utilicen como una descalificación para referirse a otros individuos; por ejemplo: «esos dos hombres chismean como unas mujercitas» o «lloran como una niña». Ese lenguaje sexista y misógino es parte de nuestra cotidianidad. El concepto de que la mujer es débil, conflictiva, chismosa y traicionera convive íntimamente con el ejercicio de la femenidad que desprecia a su propio género, y ve de forma positiva el asimilarse al otro, así sea diciendo que sólo se tienen amigos hombres para evitar el drama.

La idea de que las mujeres no pueden ser amigas entre sí no es nueva. En «Feminismos y Pedagogía en la Vida Cotidiana«, Elizabeth Porter afirma que las mujeres fueron excluidas del concepto aristotélico de la amistad:

Para Aristóteles, la amistad incluye la buena voluntad recíproca, la familiaridad, el amor mutuo, una edad semejante, una educación común, el disfrute de la propiedad compartida, la igualdad y el tiempo empleado en dialogar y pensar conjuntamente (…)las mujeres están excluida de esta tradición clásica de la amistad, porque se les considera incapaces de racionalidad, espíritu mundano y bondad ciudadana pues «la amistad perfecta es la amistad de los hombres buenos y de virtudes semejantes«

Jane Austen en Northanger Abbey escribe que «los hombres nos creen incapaces de una auténtica amistad y estoy decidida a demostrarles la diferencia» y en España hay un dicho que reza «Las amigas dan fatigas». El concepto de que las mujeres somos unas víboras insidiosas es causado en parte por el contexto patriarcal, es necesario para mantener la dominación ideológica de las mujeres. A lo largo de la historia se nos han endilgado una serie de características negativas, ideas que hemos venido arrastrando a pesar de las transformaciones que ha sufrido nuestra sociedad y que seguimos creyendo y viviendo a pies juntillas. Y no se trata de decir que las mujeres no podemos ser conflictivas, competitivas o chismosas; es aceptar que cualquier individuo puede tener estas características, independientemente de cual sea su género.

Es a través de la idea de lo femenino expresada por el patriarcado que asumimos como natural el nido de víboras, comenzamos a ver a las mujeres desde la otredad: esas mujeres son conflictivas, envidiosas,  chismosas, dramáticas, etc. Yo no soy así, es por eso que las evito. Flaco favor nos hacemos, perpetuando con estas acciones el dicurso misógino que, aunque se niegue hasta la muerte y se rodee de amigos varones, nos incluye a todas.

Y si nunca has escuchado a un grupo de hombres chismear, discutir o enojarse por tonterías, lamento decirte que tus amigos no te tenían mucha confianza. Ese tipo de conductas son bastante normales en sociedad, donde muchos individuos con distintas personalidades y carácteres se ven obligados a convivir. El conflicto es la forma de resolver estas diferencias, es común en todos los espacios aunque de forma misógina se le atribuyan únicamente a las mujeres.

Los conflictos femeninos se hacen mucho más evidentes porque son esperados, es lo que todos suponemos que debe suceder. En una suerte de profecía autocumplida, las mujeres esperamos inconscientemente que surjan problemas, que todas sean chismosas, envidiosas y horrendas, actuamos en concordancia a estos prejuicios y terminamos viviendo eso que vaticinamos.

Aprender a relacionarse como mujeres

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Montserrat González García, Máster en Estudios de la Diferencia sexual de la Universidad de Barcelona, afirma que las mujeres nos relacionamos entre nosotras de una forma distinta, mucho más íntima y buscamos apoyo emocional profundo en nuestras amistades. Esto se debe a que nos relacionamos desde el orden simbólico de la madre:

Las mujeres vivimos la amistad en el orden simbólico de la madre, un orden simbólico que, a diferencia del orden patriarcal, no se sustenta en el poder de coerción y en el ejercicio de la violencia, sino en la práctica de la relación amorosa que vertebra la obra de la civilización (Cabré, 1997: 149)

Si alguna vez has tenido una amiga mujer, una de las incondicionales y de verdad, sabrás que el nivel de relación es completamente distinto. Es posible compartir desde las cosas más superficiales hasta los pensamientos más profundos. Una amistad es un espacio de distensión, intercambio, confianza y seguridad. Pero antes de poder lograr que este tipo de relación de amistad sea lo más común es necesario desechar y transformar el legado patriarcal. Comienza cambiando tu lenguaje, cada vez que dices que las mujeres son unas locas histéricas, te estás insultando a ti misma. Cuando quieras expresar que alguna persona no te agrada por alguna razón, evita decir «mujer tenía que ser» o «típico de mujeres«; refiérete a esa persona por su nombre, es un individuo no el estandarte de lo femenino. No te conviertas en tu peor enemiga. Te invito a retar tu convicciones negativas acerca de lo femenino, a despojarte de ellas y acercarte a las mujeres como lo haces a cualquier individuo; sin prejuicios absurdos ni limitantes. Te pueden sorprender los resultados.