pena de muerte

La visita del papa Francisco a Estados Unidos trajo mucho ruido con respecto a diversos temas, sin embargo, mi atención se ha centrado estos días en uno en específico: la pena de muerte.

En dicho país el apoyo a la pena de muerte por parte de los ciudadanos ha disminuido notablemente y a pesar que se permite aún en 32 estados, solo se sigue aplicando en menos de la mitad de estos y los jurados sentencian cada vez menos con la pena capital, pues el tema del presupuesto que se destina a los casos sujetos a penas capitales es muy alto pues su duración es extensa, pues incluye las apelaciones recurrentes, y requiere de la declaración de expertos, testigos y un alto costo por el personal público
asignado a los casos. Así que más allá de la cuestión moral, la pena de muerte se está convirtiendo en una sentencia inusual.

El Papa visita el Congreso de EEUU

El 24 de septiembre pasado, durante su visita al Congreso de los Estados Unidos, el papa Francisco en su discurso abogó por la abolición de la pena de muerte: “(…) una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación”.

“Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad solo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito”, añadió.

Sin embargo, el pasado miércoles 30 de septiembre, justo un semana después de su discurso en el Congreso, Kelly Renee Gissendaner, una mujer que fue condenada por haber planificado, con su amante, el asesinato de su esposo, fue finalmente ejecutada mediante inyección letal.

¿Qué será lo que logre finalmente la abolición de la pena de muerte?

No creo que, más allá de su papel religioso, el Papa tenga una gran influencia en una nación en la que cualquier ciudadano puede comprar fácilmente armas en un Walmart y donde los que condenan el aborto y se definen como «pro vida» son los que, en su mayoría, apoyan la pena de muerte.

El debate moral continuará y seguirán existiendo los apasionados que defiendan las ejecuciones y otros que las condenen, pero tal parece que si finalmente llega a abolirse será porque es el curso natural de una tendencia que se evidencia incluso a nivel mundial con una lista de países que no contemplan esta sentencia en sus códigos penales.