Apenas abres una revista, enciendes la televisión o sales a la calle, te encuentras con productos audiovisuales que venden un estilo de vida ideal, en el que parecieran no existir los problemas, la tristeza, la rabia ni cualquier otra emoción negativa. Todos aprendemos a anhelar la felicidad, que se traduce en la ausencia total de dolor o incomodidad, una suerte de paraíso sibarita en el que no hay lugar para algo diferente. Pero la vida es completamente distinta: está llena de obstáculos y problemas, y estamos entrenados para rechazar las emociones que éstos producen.

Necesitas sentir tristeza

Una de las cosas que más me disgusta de nuestra idiosincrasia venezolana es la capacidad de sacar un chiste de cualquier tragedia. Nos tomamos todo en broma, aligeramos las cargas y quizá por eso somos uno de los países más felices del mundo, pero creo que también por ello estamos sumidos en una maraña de problemas políticos, sociales y económicos.

El asunto es que no es posible cambiar desde la felicidad. Cuando negamos las emociones “negativas” estamos cerrándonos a la necesidad de transformar nuestra realidad. Es decir, es la rabia de no tener suficiente dinero para alimentar a tu familia la que te lleva a probar nuevas alternativas de empleo, la decepción de haber sido engañado por tu pareja es la que te empuja a dejarlo y a buscar a alguien que sepa quererte como lo deseas. Si eres feliz con tu situación económicas o tu pareja, no piensas en renunciar a tu trabajo ni en un divorcio.

Solemos clasificar las emociones como negativas o positivas, cuando en realidad ellas simplemente son lo que son. Puedes decir que son adecuadas según la forma y ocasión en que se presentan y la forma en que afectan tus experiencias, por ejemplo, es completamente natural sentir miedo cuando tu vida peligra, pero sentir miedo paralizante ante las críticas, puede evitar que hagas muchas cosas y frenar tu desarrollo social y profesional. Asimismo, es normal sentir felicidad cuando cumples una meta, pero si te sientes deprimido, es posible que haya algo que no te permita disfrutar de tu logro.

Esto ocurre porque las emociones son la forma en la que se expresa nuestro mundo interno, nos informa cómo nos sentimos lo que nos rodea y por ende, permite que nos entendamos, que aprendamos a satisfacer nuestras necesidades y a comprender nuestra conducta. Asimismo, nos ayuda a tomar decisiones, nos permite adaptarnos al mundo exterior y protege nuestra integridad física y emocional.

Está bien sentir eso que sientes

Cada quien vive lo que le rodea desde su propia experiencia, todo su pasado confluye para poder juzgar la realidad, por lo que todas las emociones son subjetivas, personales y completamente válidas. Nadie tiene la potestad de juzgar lo que sientes, nadie puede decir que tus temores o tristezas son negativos o inadecuadas. No permitas que alguien te diga cómo reaccionar ante lo que te rodea.

Tratar de enmascarar nuestras emociones, pretendiendo que la vida debe ser sólo felicidad y placer y ahogar la duda, la angustia, tristezas y rabias con adicciones y actividades placenteras no está resolviendo el problema. Todo lo contrario, estás ahogando tu sistema de alarma, ese que te avisa que es hora de cambiar, de transformar aquello que no te ayuda a estar en paz y tranquilidad.

No se trata de vivir sumidos eternamente en los problemas y las emociones desagradables, sino a aprender a aceptarlas, escuchar tu propio cuerpo y utilizarlas como combustible para convertirte en la persona que deseas ser. Vive tu duelo, moléstate si es necesario, pero cambia tus circunstancias; porque hacer chistes de las tragedias sólo te transforma en una víctima, que ha dejado todo su poder en manos de una felicidad efímera e inexistente.