Tengo derecho a leer basura

Hace unos cuantos años cualquiera hubiese podido definirme como una snob literaria. A pesar de haber leído muchas novelas durante mi niñez, apenas pisé los veinte me dediqué a devorar libros gruesos, sesudos y densos; haciendo un énfasis especial en aquellos que todos consideraban “ladrillos”. Podía devorar alguna novela, pero únicamente clásicos y sólo para hacer análisis fastidiosísimos. Ni en broma me acercaría a un best-seller. No me malinterpreten, agradezco esas lecturas, pero diez años después defiendo mi derecho a leer lo que muchos consideran basura.

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Fotografía: Reading via photopin (license)

El filósofo de pasillo

Creo que la principal motivación que me empujó a leer sólo cosas ‘serias’ era un constante deseo de ser tomada en serio. Sentía un terror visceral de ser considerada estúpida, aún más, quería pertenecer a esa secta casi hermética de los intelectuales. Resabios de adolescente, con ganas de definirme a través de mis gustos; cosa paradójica, pues delimitando la música, las lecturas y las actividades en aras de destacarme, terminaba siendo parte de un grupo, me hice una etiqueta y me la pegué yo solita en la frente.

Cuando entré en la Universidad me encontré con un grupo de personas intensísimas, que se dedicaba a “discutir” sus lecturas. Y pongo el discutir entre comillas porque se dedicaban a escupir sus textos, casi sin digerir, en una suerte de competencia para probarse a sí mismos frente a los ojos de los demás. Como si midieran sus metafóricos penes, para ver quien lo tiene más grande. También conocí a las feministas radicales, que sentían una necesidad de probar su valía ante los ojos de los demás, en una carrera interminable para demostrarle a los otros su insondable sapiencia. Es el jueguito del filósofo de pasillo, típico de las personas de primeros semestres de las carreras de humanidades.

Confieso que caí en el juego durante un rato. Hasta que me di cuenta que moría de hastío y aburrimiento. Francamente, prefería ser considerada tonta que demostrarlo a los demás exhibiendo mis inseguridades y complejos ante personas que realmente no tenían peso en mi vida. Sentí que había salido del colegio, para volver a encontrarme con la misma mecánica siete años después. Es cierto, había leído muchísimo, se varias cosas, pero no me interesa regodearme en ello. Lo que se es mío, no me lo arrebatarán aunque decida no participar en el círculo masturbatorio donde se exhiben egos y no conocimientos.

Lo que lees no te define

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Si mal no recuerdo, el primer best-seller que leí fue “Los Hombres que no amaban a las mujeres”, de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. Comencé con un poco de resquemor ante lo nuevo. La prosa me parecía simple, hasta descuidada; pero la historia me atrapó. Destaco que leí los dos libros restantes en un suspiro y terminé con una sensación extraña. Había disfrutado una serie de libros popular. Una parte de mi intentó sentirse culpable, pero inmediatamente tomé una resolución: mandar al diablo los “principios” y dedicarme al placer de leer todo lo que me provoque, aunque sea considerado basura o no. Es más, hasta fui a ver una película de la franquicia de “Rápido y Furioso” y la disfruté. Tantas cosas que me había perdido estos años, tantas cosas diferentes, divertidas, ligeras y graciosas que había dejado de lado por ser una snob. ¡Tenía tantos límites, tantos “no” en la cabeza!

Comenzar a disfrutar de productos de mass-media considerados basura fue un acto casi simbólico. De una plumada derribé mis limitaciones, no sólo en cuanto libros, música y películas; sino también con la gente y todo lo que me rodeaba. En este momento de mi vida me parece tan absurdo definir a alguien por lo que come, escucha o lee. No quiero decir que, por ejemplo, podría tener una relación de pareja con alguien que adore el reguetton y salir de fiesta todos los fines de semana pero esto no tiene que ver con sus gustos sino con la incompatibilidad de nuestros estilos de vida. Sin embargo, he conocido personas con gustos muy diferentes a los míos que son maravillosas, divertidas y buena gente. Abrir mi mente, de verdad, no de los dientes para afuera, me ha hecho más humilde.

No creo que lo que lea o escuche realmente ayude a definir quién soy. Podría, si acaso, denotar el nivel socio-cultural en el que me encuentro; pero no hará mella en lo que puedo ser realmente. Creo que juzgar a la gente por lo que escucha o lee es un mecanismo rápido de saber si tenemos algo en común con la otra persona, pero al mismo tiempo es una forma de discriminar al otro. Un acto de soberbia increíble. Porque existe cierto dejo de superioridad cuando le decimos a una persona “¿y tú lees eso?” con un tono de horror o condescendencia, estamos juzgando no sólo sus gustos sino también su estilo de vida y cada una de las personas tienen derecho a hacer lo que les venga en gana; aunque no te guste, aunque no lo entiendas. Es una cuestión de respeto básico.

Y si crees que tal o cual obra es mejor que cualquier libro de Paulo Coelho, que las 50 Sombras de Grey o lo que sea; no te burles de la decisión del otro. Más bien recomiéndaselo, con cariño, con prudencia y sobre todo, mucho respeto. En algún punto, puedes ser tú el que esté del otro lado y el que sienta el peso de ser juzgado por el otro con ligereza.