Esto con lo otro

No se puede negar que conversar con personas que ratifican nuestros puntos de vista y que eventualmente nos proporcionan argumentos para afianzar nuestras posiciones, es sumamente confortable. Generalmente cuando nos toca contrastar opiniones, nos corresponde pensar y estructurar ideas, lo cual implica un esfuerzo cognitivo y argumentativo. Quizás por eso huimos con frecuencia de aquellas circunstancias en las que tenemos que conversar con personas que tienen una postura distinta a la nuestra.

En los últimos 15 años, la polarización política en Venezuela nos ha empujado a configurar escenarios sociales, comunitarios, académicos, empresariales y familiares en los que nos rodeamos de personas con las cuales estamos básicamente de acuerdo. Estos escenarios funcionan como espacios que nos permiten confirmar que estamos en el bando “correcto”. Si somos de oposición, nos alejamos de cualquier ámbito donde tengamos que contrastar ideas con un chavista y viceversa: porque no le encontramos sentido a escuchar opiniones distintas y todo lo que no pertenezca a mi bando está descartado de antemano.

Si no nos queda más remedio que abrir un debate con alguien que tiene una postura política diferente, las motivaciones fundamentales son:

    1. Validar nuestros puntos de vista (no contrastarlos ni ponerlos en duda).
    2. Demostrarnos que el otro está equivocado (no escucharlo ni pensar qué tan cierto es lo que dice).

La lógica de la polarización nos aleja de la posibilidad de considerar que ambas tendencias políticas tienen elementos positivos y negativos para el país y nos coloca en un maniqueísmo perverso que nos tiene sumidos en una profunda parálisis política. El máximo movimiento es el del insulto. Vociferar en contra, se nos ha vuelto un deporte nacional donde todos somos atletas de alto desempeño y los que no son atletas, hacen el rol de directores técnicos.

Curiosamente, a pesar de que ambos polos se apoderan del adjetivo “democrático” y atacan al otro sector con alusiones relativas a su “carácter personalista” o “dictatorial”, el talante discursivo interno de cada uno de estos grupos demuestra que se ha olvidado aquello de que la democracia implica diversidad y por tanto, es preciso entender que tanto en el chavismo como en la oposición existen razonamientos, ideas y propuestas válidas y necesarias para el país. En Venezuela, parece que nos cuesta mucho reconocer y aceptar lo plural.

Nos produce piquiña y nos incomoda lo diferente. Ansiamos que nuestro universo político sea uniforme y creemos que todo el brete de la política se trata de llegar a un cómodo lugar donde todos estamos de acuerdo: la democracia pareciera ser entonces un estatus que se alcanza y no un permanente tránsito, que implica voluntad, negociaciones, acuerdos, desacuerdos y un sostenido esfuerzo por mantener vivo el debate. Y cuando éste último no es aceptado, es oportuno saber que la democracia está amenazada.

Esa aproximación un tanto pueril a la divergencia primero y a la necesidad de convivir en medio de la pluralidad después, es cada vez más frecuente en los liderazgos predominantes en Venezuela. Tanto en el PSUV como en la MUD, las diferencias de opinión y las discrepancias son tomadas como fuerzas peligrosas que atentan contra la tan cacareada “unidad”. La pluralidad y la complejidad no son valoradas como factores que alimentan sino como atentados. Esta semana, por ejemplo, el Ministro de Educación Héctor Rodríguez enfatizó en su intervención dentro del Congreso de la Juventud Socialista “la importancia de mantener el legado del Comandante Hugo Chávez a través de la unidad” . Días antes, Henry Ramos Allup indicó que las “agendas propias, de dirigentes o de partidos, afectan gravemente y comprometen a la unidad” . Es decir, ambos voceros ponen un énfasis importante en mantener una unidad que parece estar entendida más como uniformidad. La pregunta clave es: ¿Por qué existe tanto temor a las diferencias y a la natural segmentación de las ideas?

Todo este escenario, me hace recordar una frase de Octavio Paz, gran defensor de la otredad, en la que ante las manifestaciones de divergencia entre su abuelo y su padre (el primero porfirista y el segundo a favor de la revolución mexicana) lanza una simple pero no por eso menos formidable sentencia: no es esto o lo otro, sino esto con lo otro. Decía Paz:

“Mi abuelo tenía razón pero también era cierto lo que decía mi padre”.

Los ciudadanos tenemos por delante un reto colosal: desmitificar el discurso que se ha promovido desde los liderazgos, donde el concepto de “unidad” remite a una visión de país que se ejerce más para oponerse al otro que por la propia convicción. La unidad como posibilidad inmutable no es sostenible. Si vamos a hablar de unidad tenemos que concebir ésta como un espacio donde haya divergencia, discusión, contraste, mutua valoración y respeto para que haya una ciudadanía empoderada y un Estado realmente democrático. Unirnos en la diversidad. Si mantenerse juntos es un valor, ese impulso debería llegar a la otra acera donde está la hermana, el tío, el abuelo, la compañera de trabajo, el vecino, la amiga, aquella tía- abuela que vota distinto a mí y que con su universo divergente puede alimentar mi visión o permitirme alimentar la suya.

No sólo debemos fomentar la diferencia, sino además debemos valorarla como un factor positivo. Discernir, discutir, contrastar ideas debe ser una motivación constante. La invitación de los líderes debería ser a sentarse a hablar con aquél que piensa distinto, a escuchar sus argumentos, a valorarlos y no darlos por perdidos de antemano, a evitar los prejuicios, a aceptar que podemos escuchar otras opiniones y sobre todo, a hacer de esto una práctica que apruebe la divergencia.

Si vamos a desear una “unidad” que sea la del país completo hermanado para entender que tanto en el chavismo como en la oposición hay planteamientos que son válidos y deben ser escuchados, que el respeto por las opiniones distintas es fundamental y que si algún bloque necesitamos es aquél que nos permita que conviva esto con lo otro.

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