Despolarizar en la escuela

«La verdadera patria del hombre es la infancia.»
Rilke

Hay una película española, basada en un cuento del escrito gallego Manuel Rivas “La lengua de las mariposas” en la cual se relata la relación entre un niño de unos 7 años, Moncho, y su maestro Don Gregorio en un pueblo de Galicia. El vínculo creado entre ambos está basado en la fascinación que produce Don Gregorio que enseñaba a Moncho no sólo la dicha de aprender a través de la experiencia, sino de aprender a pensar.

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La escena final de la película sucede justo antes del golpe del Estado que en Julio de 1936 dio inicio a la Guerra Civil Española. Los franquistas sacan del pueblo a los comunistas, “rojos” y anarquistas a través de un pasadizo conformado por personas que movidas, unas por las convicciones y otras por el miedo, insultan a los execrados. En esa escena, Moncho impelido por la madre, insulta a su maestro y luego, corre tras el camión donde llevan a los “traidores” lanzando piedras e insultos (aunque incluye dos palabras que aprendió con su maestro: Tilonorrinco y Espiritrompa). La escena es dura y muy impactante.

Pienso recurrentemente en esta película cuando conozco casos donde los vínculos sociales se han visto fracturados por la polarización. Porque justo después de golpe de Estado del año 36, España vivió una de las cruentas persecuciones de personas por sus ideas políticas. Persecución que conozco porque parte de mi familia fue objeto de ella y porque sumergió a ese país en una guerra sin sentido, que dejó pobreza, duelos, muertes y miedos por doquier. Ninguna ganancia real para España. Siempre parece exagerado comprar aquella situación con la que se vive en Venezuela, pero cuando he visto a personas insultar a otras con un odio sin fundamento, recuerdo a Moncho corriendo tras el camión donde va el mejor maestro de su vida, insultándolo aún sin saber bien cómo ni por qué.

A propósito del inicio de clases, me pregunto cuántos niños y niñas han aprendido el odio en sus casas y son instados por sus padres a considerar que quienes piensan distinto a su familia –desde el punto de vista político- son una especie de enemigo. La guerra también se hace sin armas: a través de ofensas, discriminación, insultos, rechazo y distanciamientos. Me surge una duda enorme ¿Hasta qué punto la polarización ha entrado en el aula de clases y son, además de los padres, también maestros y directivos los que popularizan su tendencia política como la correcta? Espero que los tentáculos del monstruo polarizador no hayan penetrado tan cruentamente en la escuela. Pero tengo severas dudas.

La escuela es el lugar propicio para que la polarización comience a ser desestructurada como lógica, como conducta y como modo de relacionamiento. Los espacios del aula de clases pueden convertirse en verdaderas zonas de pluralidad, donde las diferencias de cualquier tipo sean vistas con agrado y aceptadas con interés y son los maestros quienes deben abrir ese espacio de empatía que puede partir de lo político, pero terminar en el color de la piel, la religión, la zona de residencia y la orientación sexual. La democracia puede comenzar, como práctica, dentro de la escuela si tenemos salones libres de dogmas y análisis maniqueos de la historia, si logramos que nuestros niños y niñas aprendan a pensar y no a responder a determinados patrones polarizados. Que un niño o niña tenga en sus manos un texto de la colección bicentenaria donde Hugo Chávez es exaltado como “padre de la Revolución Bolivariana” y pueda diferir de ese criterio, pero que también consiga un texto donde se hable de Rómulo Betancourt como “padre de la Democracia” y pueda cuestionarlo.

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El reto no es sencillo, pero es fundamental: enseñar a los chamos a conversar, que sepan dirimir las diferencias sin recurrir a la violencia, que puedan plantear sus inquietudes sin que le tengan miedo a sus maestros y los directivos de sus escuelas (directivos que muchas veces cuestionan el totalitarismo del Estado pero que gestionan la escuela en base a represión e imposiciones) y que sientan que quienes piensan distinto no son una amenaza sino una oportunidad para aprender y hacer un mundo a la medida de todos.

¿Están nuestros maestros preparados para este reto? ¿Estamos los padres dispuestos a formar niños niñas y jóvenes libres de odio, promoviendo la aceptación de quienes piensan distinto? Comienza un nuevo año escolar y con él una nueva oportunidad para ayudar a la escuela y practicar en la casa a tener una infancia libre de polarización.

¿Estamos dispuestos a asumir ese desafío?

Foto de portada: cdsessums bajo licencia CC

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