El domingo pasado vi la película francesa “La Guerre est déclarée” (en español «Declaración de Guerra«) que cuenta la historia de una joven pareja cuyo hijo de 18 meses es diagnosticado con un tumor cerebral. Tenía mucho tiempo pendiente de verla, gracias a la recomendación de una persona con quien celebro un vínculo basado en un lazo más fuerte que la amistad: ser madres de niños que sobrevivieron al cáncer.

Muchas cosas de la película me gustaron pero sin duda la más significativa fue que, aunque la historia es irremediablemente dramática, no es triste. De hecho pasa uno la mayor parte del film esperanzado y divertido, más que sufriendo. Siendo yo una pesimista estructural, agradezco este tipo de film. Una de las pocas escenas no cómicas, que me pareció particularmente reveladora de la distancia que separa a los venezolanos de cierta ética de la civilización es la siguiente: el padre del niño enfermo con cáncer es citado en el banco porque tiene un saldo en contra de 9 mil euros y el gerente del banco lo interroga, varias veces, acerca de las circunstancias que lo han llevado a tener esa deuda.

Finalmente, ante el digno silencio del hombre, el gerente le dice que se verá en la necesidad de retirarle su tarjeta de crédito. El joven saca la tarjeta de su cartera y la entrega ¡No hizo un drama! Sin llanto y sin mayores justificaciones, entrega la tarjeta sabiendo que debe pagar la deuda a pesar de su situación. De inmediato recordé que perdí mis tarjetas de crédito cuando mi hijo estuvo enfermo por el exceso incontrolable de gastos que se generan en estas circunstancias y que la sugerencia desquiciada de una amiga fue “ve al banco y te llevas al niño, con tapabocas y todo, para que vean todo lo que estás pasando. Y si no te hacen caso, los denuncias en Indepabis a ver qué van a hacer…” La desgracia como capital social.

Con esa escena dándome vueltas en la cabeza y totalmente asqueada por haber recordado la infame sugerencia de mi amiga ante la pérdida de mis tarjetas de crédito, recordé la tesis doctoral de la socióloga Paula Vásquez Lezama «Poder y Catástrofe», quien estudió la relación entre los damnificados de Vargas y el Estado venezolano a raíz del deslave del año 1999, acuñando un término contundente: “la apropiación burocrática de la desgracia”.

el estado del sufrimiento

Según las propias palabras de Vásquez este fenómeno consiste en “convertir el sufrimiento en un problema de Estado”, proceso que a mi entender configura la esencia del ciudadano como una víctima: y si usted no es víctima, entonces no es ciudadano. Si tenemos alguna duda acerca de esto, miremos con detalle las políticas sociales implementadas desde 1999 y cito aquí dos ejemplos claros: las Misiones Sociales y el Fondo Único Social (FUS), que se convirtieron  en una maravillosa garrocha con la que el gobierno de Hugo Chávez se saltó la estructura burocrática y los controles del Estado bajo un criterio basado en la compasión más que en la emergencia o la reivindicación de los Derechos. De esta manera, se constituyó una buena parte de nuestra actual relación con el Estado (y digo Estado, no Gobierno): la desgracia y la lástima son el más valioso capital social que tenemos las personas en Venezuela para ser considerados ciudadanos y ser tocados con la magia de la Revolución.

Llevamos 15 años de gobierno revolucionario con un barril de petróleo a un precio considerablemente alto (compárese con el barril a $4,00 que tuvo el último Gobierno de Rafael Caldera) y estable. Pero a pesar de ello tenemos una de las inflaciones más altas de la región, nuestros hospitales no tienen suficientes médicos ni insumos para ofrecer una atención medianamente respetable, aún existen familias a las que nunca se les asignó una vivienda digna y habitan en refugios, nuestro sistema de justicia deja un 92% de casos impunes, el país tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo, 1 de cada 4 partos ocurre en madres menores de 18 años y así, podríamos continuar la enumeración de nuestras penurias al menos por 3 días. Pero ninguna de estas cifras parecen ser indicadores que demuestren que tenemos un Estado incapaz de garantizar derechos fundamentales. No, estas cifras son la demostración fehaciente de una relación que hay preservar: un Estado compasivo y un ciudadano que da lástima. Sólo eres visto y reconocido por el Estado si tu sufrimiento justifica su existencia. La desgracia es la única manera de ser “pueblo” en Venezuela y a su vez, la desgracia es lo que le da sentido al Estado del sufrimiento.

Por eso, el nuevo pasatiempo del venezolano es coleccionar calamidades y sin conciencia de ello (o aun conscientemente) todos hemos construido nuestro pequeño inventario de adversidades. Generar compasión es un capital poderoso para muchas personas en el país porque ser pobre se convirtió en una reivindicación simbólica automática y padecer alguna carencia es lo que te hace ser verdaderamente venezolano: desde no conseguir un medicamento, hasta la falta de Harina Pan para la arepa. Todo capitaliza para nuestro saldo a favor del martirio. Haber culminado una carrera en una universidad privada, tener un negocio propio o ser eso que llaman “un emprendedor”–este puede ser el peor de los casos- se convirtieron en máculas para nuestra trayectoria ciudadana. Si además de ese pasado ominoso usted viene de una familia que le dio afecto, me disculpa, pero usted a estas alturas ya se ubica en una de las peores categorías: “Hijito de papá y mamá”. Es decir, usted no vale nada para el Estado del sufrimiento, usted no es pueblo y me permito darle un consejo: busque de inmediato, así sea en la 5ta generación un origen humilde, un trauma de la infancia y sáquele provecho sobre todo si necesita hacer algún trámite en nuestra nunca bien ponderada mega-burocracia. Llevar una calamidad bajo el brazo, es siempre una excelente carta de presentación en Revolución.

Un primo me contaba con gran alegría cómo hace una semana fue a gestionar un trámite y dijo que estaba apurado porque su abuela sufría demencia senil. Lo atendieron velozmente aunque la abuela murió hace meses. Cuando lo miré con cara de horror me dijo: “No me mires así que yo no mentí, mi abuela tuvo demencia senil y de verdad no había hecho el trámite antes porque sus últimos meses fueron muy duros para todos…el funcionario no me preguntó si estaba viva, el error es de él”. Como esa, estoy segura que existen miles de anécdotas que además, parecen divertidas. A mi no me causan ninguna gracia.

Para que no me califiquen de esquizoide les tengo otro ejemplo tomado de la vida misma: un amigo chavista que está decepcionado del gobierno de Nicolás Maduro me ha confesado sus terribles dilemas cuando voltea la mirada hacia el sector opositor: “Adri, es que a Capriles le falta cuero de pueblo”; “Aunque Leopoldo se quiera dar un barniz de vulgo metiéndose en la cárcel, es demasiado oligarca vale…”; “Pero Adriana, hazme el favor y dime cómo voto yo por María Corina, cuando esa niña es una sifrina…”. Nuestro sector opositor, adolece del suplicio, es muy Mariano y muy católico, pero no ha encontrado un líder que haya llevado suficientes azotes o que tenga un historial personal de congoja que responda a nuestro nuevo ideal del Mártir Gobernante. No en vano Chávez capitalizó en cadena nacional, su imagen de niño trabajador, criado en medio de una supuesta miseria. De hecho, los famosos Cuentos del Arañero, de su mismísimo puño y letra, tienen pasajes de este tenor:

“Ayer yo lloraba abrazando a un niño impedido mental. Estaba llorando. Él, desde que nació, está así y no tiene una silla de ruedas, chico. Tenía un gran dolor, que yo lo levanté, en medio de la multitud, porque ya está grande y gracias a Dios le saqué una sonrisa, Dios me permitió sacarle una sonrisa, cuando le dije que le íbamos a dar una silla de ruedas que tenga un pito, una corneta, que va a ser como un carrito.”

Fotografía de: Robin Hutton bajo licencia CC

Fotografía de: Robin Hutton bajo licencia CC

¿No es este texto un resumen casi perfecto de lo que son las políticas sociales en el Estado del sufrimiento? Si algo le debemos a la Revolución Bolivariana es una nueva construcción simbólica de la pobreza devenida en máxima virtud, para lo cual –hay que decirlo- el cristianismo había hecho ya un trabajo preliminar. Y confieso –mea culpa- que el hecho de haber tenido una infancia sufrida, me ha permitido conservar amistades que sobre valoran ese activo y a las que además, puedo neutralizar ipso facto cuando me acusan de “oligarca”: “No me vengas con vainas que yo sé lo que es pasar hambre”. Con esa sentencia, quedo reivindicada automáticamente.

Del Estado del disimulo al Estado del sufrimiento Quién diría que aquella visión de José Ignacio Cabrujas terminaría siendo profecía: Venezuela es un campamento que pretendió convertirse en Estado. Con la Revolución Bolivariana lo logramos. Es una lástima que el maestro no haya vivido para verlo: el Estado del disimulo mutó al Estado del sufrimiento y el campamento es el modelo de nuestras instituciones.

A veces me veo inmersa en apetencias peligrosas: deseo que las importaciones fluyan sin sistemas de control de cambio, para que la escasez de medicamentos, alimentos y otros rubros de mi interés (como libros) disminuyan; o me imagino encabezar una manifestación que exija que los jueces sean independientes en sus decisiones, que cese la profunda corrupción del sistema judicial, que las cárceles sean verdaderos espacios de recuperación y no escuelas para el crimen organizado, que todos los niños y niñas vayan a la escuela, que los maestros tengan un salario digno, etcétera. Todo esto, que en un país normal podría resultar hasta sensato, en Venezuela es una afrenta porque son deseos que no están acordes ni van al ritmo del Estado del sufrimiento. Padecer te reivindica y exigir derechos te hace parecer demasiado pequeño-burgués. Cualquier pretensión basada en lo legal, es inviable.

El campamento-Estado tiene claro su objetivo: no se trata de cumplir la ley sino de ayudar a los que sufren y si usted no tiene un historial de padecimientos respetable que además, pueda poner en evidencia, usted no es pueblo. Y la revolución es para y por el pueblo. Punto. No insista. Imagino entonces la escena de la película protagonizada por un venezolano: cuando el hombre es llamado por el banco para que indique porqué ha sobre girado sus tarjetas, se presenta con una carpeta llena de fotos del abuelo con Alzheimer, la tía con cáncer de mama y el hijo con déficit de atención, seguida por una ristra de explicaciones cada una más triste que la otra. Todo ello, además es perfectamente posible dado que tener una colección de padecimientos no es difícil en Venezuela.

Me pregunto qué hubiese hecho realmente mi amiga en esa circunstancia. Y si el banco, aun así le retira la tarjeta, seguro pensaremos que lo apropiado es que sea intervenido o expropiado por capitalista e inhumano, por no ceder ante el sufrimiento. Hemos llegado a un punto donde no hay argumentos, ni relaciones basadas en criterios sino en la emoción pura. Cuando me veo frente a esta lógica, creo que algo en nosotros también se pervirtió. Nosotros todos los días alimentamos ese minotauro que come de lágrimas y angustias. Hay una ética extraviada y unos referentes del bienestar y del Estado de Derecho que definitivamente tenemos que rescatar ¿Cuándo y por dónde comenzamos?

Foto de portada: cesarastudillo bajo licencia CC