“Tengo horror de aquellos cuyas palabras van más allá que sus actos”
Albert Camus

Ana Helena

Ana Helena tiene 18 años y contraviniendo la vida, muere trágicamente. Tiene un accidente en su viaje de graduación de bachiller. Sin llave de su cuarto, siendo de madrugada y probablemente después de haber bebido algo de alcohol, intenta pasar a su habitación trepándose por el balcón. Siete pisos la separan del asfalto que, como un animal hambriento, la espera con la muerte. Y se cae. La noticia aparece en mi pantalla y muestra su imagen sonriente. Me invade la tristeza, por su juventud, por su belleza y porque pienso en todos los chicos y chicas de esa edad que conozco. Pienso también en mi viaje de graduación, en esas madrugadas de celebración sin medida y sin control, en el licor que bebimos, en la irresponsabilidad y la irreverencia. Los 18 años son una cuerda floja a través de la cual caminas, con poco equilibrio, siendo más frágil que nunca porque no hay mayor fragilidad que creerse invulnerable.

De inmediato, trato de superar mi impresión buscando refugio en los comentarios que siguen a la noticia. Espero encontrar la calidez de quienes lamentan el hecho y envían un mensaje de solidaridad, respeto y ánimo a su familia. Pero la bofetada viene por partida doble:

«Una cosa es accidente y otra estupidez humana. Y eso no fue accidente. Tan fácil que es regresar a recepción y pedir una llave. Si hubiera estado en sus 5 sentidos lo hubiera hecho asì (sic) y no hubiera pasado esta desgracia»

«Por qué unas “amigas” se van a dormir y la dejan tomando?»

«Así son los jóvenes actuales… Mal educados, faltas de respeto, irreverentes, ignorantes, hijitos de papi y mami quienes los han educado así y los apoyan en todo lo que sea…»

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Ángela

Ángela es modelo. Hace honor a su nombre en apariencia y dulzura. Tiene 22 años y estudia Derecho. Está aprendiendo lo que significa la justicia. Sale a pasear con su novio y en medio de una discusión, él la asesina. La asfixia. El muchacho de 21 años lleva a cabo el crimen en su propia casa, mientras su madre duerme en la habitación contigua. Luego llama a unos amigos para que lo ayuden a deshacerse del cadáver. Intentan quemar el cuerpo de Ángela pero no lo logra. El averno es más que simple fuego, sobre todo para quien ha muerto en manos de quien ama.

Rápidamente el crimen se revela, el asesino confiesa y son detenidos los culpables: 4 hombres en contra de una joven de 22 años. Irán a dar a la cárcel de Uribana. Pareciera que la justicia sí asoma su rostro en este caso pero siempre hay lugar para la mitología del horror que caracteriza nuestro sistema judicial. Esta vez me tropiezo con la noticia en Twitter. La abro, veo los detalles y de nuevo pienso en las jóvenes de 20 años que conozco. Triste de nuevo, llego al sector de comentarios. Ya hay un morbo que me mueve dramáticamente hacia allá y los encuentro, están allí “los lapidadores de teclado”:

«YO LO QUE NO ENTIENDO ES EL MAL GUSTO QUE TIENEN ESTAS MUCHACHAS DE HOY DIA! SE ENAMORAN DE CUALQUIER PORQUERIA QUE SE LES PRESENTA. Y LAS MADRES NO LAS ACONSEJAN O ELLAS NO ESCUCHAN CONSEJOS. Y LO QUE DIGO PORQUE YO CON ESA BELLEZA NO ME HUBIERA DIGNADO FIJARME EN SEMEJANTE COSA.»

«¿para que son detenidos? Deberían ser ejecutados y ya»

«HAHAHAHA AHORA SE LOS VAN A KOJER (sic) TODOS ESOS CHAVISTAS QUE ESTÁN EN TOCORON EL RODEO Y DEMÁS CÁRCELES CHAVISTAS»

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Me estremece la capacidad que tienen los «comentaristas» de transformar un episodio trágico, absolutamente trágico, en una perfecta ocasión para destilar suspicacias sin sentido y distorsionar unos hechos de los que no tienen información certera. Se insulta a las víctimas y a sus familias sin compasión ni piedad. El teclado es una cantera, y las palabras son piedras que puedes disparar mientras te tomas un café.

En ambos casos, tengo que releer cada uno de estos comentarios. Los leo muchas veces. Y me pregunto qué quería decir realmente esa persona. Muchos otros, de peor talante, preferí dejarlos perdidos en la web. Las secciones de comentarios al parecer son los nuevos centros de lapidación. Más que opiniones, lo que se leen son condenas. Y quienes las emiten son los mismos que firman peticiones en la web para evitar que lapiden a una mujer en Sudán. Se sienten superiores en un click. Y cada vez que mi vista pasa sobre estas palabras y las claves de lo que está detrás se revela, tengo la certeza de que estamos perdidos como sociedad y también como personas. Porque aunque nuestro deseo individual sea separarnos de la violencia que reflejan, no puedo dejar de pensar que cada individuo que emite un juicio de este tenor es parte de ese “yo” que llamo Venezuela.

 

Imagen original: tim caynes via photopin [cc]